Saturación del suelo y respuesta del olivar superintensivo ante lluvias prolongadas

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El olivar en seto es un sistema altamente dependiente del correcto funcionamiento del suelo y del sistema radicular. La elevada densidad de plantación concentra una gran parte de la actividad radicular en los primeros 20–60 cm del perfil. Esta característica, que permite una rápida entrada en producción y altas eficiencias, también hace que el cultivo sea especialmente sensible a episodios de lluvias prolongadas que provocan encharcamiento y saturación del suelo.

Cuando el suelo permanece saturado durante varios días o semanas, disminuye de forma importante la disponibilidad de oxígeno en la zona radicular. El olivo no está adaptado a condiciones de anoxia continuada, por lo que las raíces finas absorbentes comienzan a perder funcionalidad. Se reduce la capacidad de absorción de agua y nutrientes, se produce necrosis progresiva de raíces activas y el árbol entra en una situación de estrés fisiológico, aun cuando el suelo presenta exceso de humedad. En muchos casos este problema solo es visible pasado el periodo de encharcamiento, es decir, los daños reales en las raíces muchas veces solo dan la cara al 100% cuando la planta sale de la dormencia. Si el encharcamiento ocurre ya con la planta en marcha sí que tiene un efecto más rápido.

En campo, los primeros síntomas suelen confundirse con carencias nutricionales: clorosis generalizada, falta de vigor, brotaciones cortas y, en ocasiones, caída parcial de hoja. En plantaciones en producción puede observarse reducción del cuajado si el episodio coincide con floración, o menor desarrollo del fruto en fases posteriores. En explotaciones superintensivas, donde se busca uniformidad estructural del seto, estos daños suelen manifestarse por líneas o sectores asociados a zonas de peor drenaje o compactación.

A esta situación radicular se suma un factor adicional propio de los periodos prolongados de lluvias: la reducción de la radiación solar incidente. Los episodios persistentes de nubosidad disminuyen la radiación fotosintéticamente activa disponible, reduciendo la tasa de fotosíntesis y la producción de asimilados. En un sistema intensivo, donde la relación hoja/fruto está ajustada para maximizar la eficiencia productiva, una caída sostenida de radiación durante floración o fases iniciales de desarrollo del fruto puede limitar la disponibilidad de fotoasimilados. Si esta menor actividad fotosintética coincide con un sistema radicular debilitado, el árbol dispone de menos energía tanto para sostener el crecimiento vegetativo como para mantener el cuajado. El resultado
puede ser una caída fisiológica más intensa.

Además del efecto directo sobre la raíz y la fotosíntesis, los periodos prolongados de encharcamiento favorecen la proliferación de patógenos de suelo. Es especialmente relevante la presencia de especies del género Phytophthora, responsables de podredumbres radiculares y del cuello. En condiciones de suelo saturado, estos organismos encuentran un ambiente óptimo para desarrollarse y colonizar tejidos debilitados. También pueden intervenir Pythium spp. que actúa directamente sobre las raíces más finas provocado un debilitamiento. El resultado es una pérdida progresiva de vigor, sectores del seto con menor desarrollo e incluso marras puntuales en casos extremos.

Desde el punto de vista nutricional, el exceso de agua reduce la eficiencia del abonado. Se producen pérdidas de nitrógeno por lavado y procesos de desnitrificación, lo que obliga a reajustar el plan de abonado anual tras el episodio. Si además se trabaja el suelo en condiciones húmedas, pueden generarse compactaciones que empeoran la aireación a medio plazo.

El impacto es todavía mayor en nuevas plantaciones. Durante el primer y segundo año, el sistema radicular es limitado y depende de una correcta aireación del entorno del cepellón. Si tras la plantación se producen lluvias persistentes, puede generarse pudrición radicular y escasa emisión de raíces nuevas hacia el suelo. Esto se traduce en retraso en la implantación, crecimiento desigual del seto y aumento del porcentaje de marras, comprometiendo la entrada en producción prevista.

Para minimizar los daños es fundamental un planteamiento preventivo. Antes de implantar una plantación debe realizarse un estudio detallado del suelo, valorando textura, profundidad efectiva y capacidad de drenaje. En suelos pesados o con riesgo de acumulación de agua, es recomendable realizar subsolados profundos y asegurar una correcta evacuación superficial ayudándonos de nivelaciones o rebajamientos de calles de servicio. Una de las labores que solventa en gran medida es la realización de caballones que nos permiten airear la raíz de una forma más eficaz ante saturaciones prolongadas. Durante el cultivo, debe evitarse el tránsito de maquinaria con el suelo saturado y ajustar la fertiirrigación tras episodios lluviosos. Una adecuada planificación del drenaje y del manejo del suelo es determinante para mantener la estabilidad productiva y la viabilidad económica del olivar superintensivo.

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